En la cuenca del Iregua, a un kilómetro del pueblo de Torrecilla en Cameros, se conocían y utilizaban desde tiempos inmemoriales dichas aguas torrecillanas como bebida y en forma de baños. De hecho, el Dr. Augusto Lletguet y Lletguet comentó las fundadas sospechas de que fueran los godos los primeros que las usaron y que curaron de una grave afección de hígado a Vivio Sereno (Gobernador de la España Tarraconense), cuando gobernaba el emperador romano Tiberio; y que incluso fueron disfrutadas por los árabes que permanecieron en el fuerte de Viguera durante aproximadamente dos siglos, hasta que fueron desocupados por D. Sancho II Rey de Navarra, a principios del siglo X.
Se podría tratar, como en tantas ocasiones, de noticias que han ido transmitiéndose popularmente de forma oral, generación tras generación. Sin embargo, en este caso, podemos encontrar el primer testimonio escrito en el archivo de San Juan de la Peña. Un documento original escrito en letra gótica con fecha del 7 de julio de 1029, en el que podemos leer lo siguiente: “...ego Oneca vobis Rege Domno Sancio et Regina Domna Muniae....facio hanc cartam profilationis, ac donationis de meas hereditates quas habeo in territorio de Castella... et in villa Torreciella mean portionem et in balneos humus territorio meam portionem..”
La explicación de la concesión que aparece en este instrumento documental la podemos encontrar en los Anales del Reino de Navarra del padre José Moret (Nota 1 Tomo 9. Tolosa 1981. Pág 248, nº78) donde leemos:
“Doña Onneca, o Iñiga de Aybar era madre del infante don Ramiro, hijo natural de don Sancho III el mayor, esto significaría que doña Iñiga de Aybar tenía parte o era divisera con la familia real, de la villa de Torrecilla y de los Baños en ellos situados, realizando la donación en dicha fecha del 1029 al rey Sancho y a su mujer doña Munia”.
Desde este punto, nos encontramos que la propiedad del manantial fue pasando de manos reales a monasterios, así como por el propio pueblo de Torrecilla, donde se usó como bienes comunales hasta que terminó en manos particulares (D. Francisco Cubillos) el 30 de noviembre de 1859 por medio de subasta pública.